Retrato con fotógrafos
María Isabel Naranjo

Retrato con fotógrafos

Bajo la sombra del árbol más antiguo de la plaza, un tulipán africano que deja caer un líquido manchoso cuando florece, dos viejos hojean la revista que hace un momento les entregó una periodista, a la que han visto durante los últimos tres días preguntando quiénes son los fotógrafos que están allí desde la inauguración de la Plaza de las Esculturas, por allá en diciembre del año 2000.

Alguno de tantos le había dicho que existía una fotografía, publicada en una revista del Museo de Antioquia, donde los nueve fotógrafos más antiguos posaron al lado de la Eastman Kodak de Melitón Rodríguez. Así que cuando halló la revista de marzo de 2001 en el archivo del museo, salió a comparar rostros entre la treintena de fotógrafos que trabajan al lado de las veintitrés esculturas de Fernando Botero.

Ahora, debajo del árbol que llora (aunque algunos digan que mea) justo al frente de la escultura del Hombre vestido, los dos viejos, Fernando Olarte – sesenta años, 1,78 de estatura, bigote entrecano– y Rodrigo Maldonado – setenta años, ojos como obturadores, pelo blanco –, hablan de la foto, de los compañeros de toda la vida, o mejor, de todos los parques, porque desde que tienen memoria han compartido el oficio de tomar fotos en las calles.

Conversación de los vivos sobre los muertos

Retrato con fotógrafos

Fernando –gorra negra, chaleco en el que se lee "Fotógrafos de la Plaza Botero", cámara Cannon Revel EOS colgada del cuello e impresora térmica colgada del hombro– dice mientras señala con el dedo índice a los hombres de la foto: –De los que habíamos en esa época ya hay uno, dos, tres finados.

Su narración transcurre así: en el medio, acuclillado, está Jairo Muñoz, el primer muerto; le decían 'Figurita' por sus dotes de payaso y su gusto por el teatro. Al lado izquierdo –bajito, de gorro blanco, gafas y mostacho–, está Ómar Bonnet, el segundo muerto; le decían 'El Boludo' porque era uruguayo o argentino, y pasó sus últimos cuarenta años haciendo "poncherazos" en los parques de Medellín. Por último, al lado derecho, detrás del hombre de corbata –llamado Carlos Muñoz–, está Alberto García Lora, el tercer muerto; le decían 'Carroloco' o 'Carrochocao', apodo enigmático que se deja a la imaginación del lector.

Más tarde Rodrigo dirá que hubo un cuarto que no salió en la foto, 'Marcos Chuzo', el primer fotógrafo en llegar al lugar y también el primero en abandonarlo, porque el polvo de los edificios demolidos para construir la plaza provocó que a las dos semanas Marcos muriera de un ataque de asma.

Conversación de los vivos sobre los vivos

En la foto, de izquierda a derecha, están los seis que quedan: Fernando Olarte, Rodrigo ‘El Gato’ Maldonado, Alonso ‘Trompetrén’ Cano, Saúl López, John Jairo Villa, José Buitrago –que hoy vive en Armenia–, nacidos en 1953, 1943, 1949, 1942, 1955… Perdón por los nombres, perdón por las fechas; como diría Fernando Vallejo, son las tablas de salvación en el naufragio del olvido.

La historia de cómo se conocieron los nueve la contarían más tarde, cada uno a su manera, y este es el resumen: en los años setenta todos fueron a dar a la calle Bolívar, entre Pichincha y Ayacucho, donde hoy es Flamingo. Llegaron sin equipo y con nociones muy básicas de fotografía –la mayoría– a pedir trabajo a los “planteros”, señores de laboratorios de revelado que compraban hasta diez cámaras. La novedad de la época era la Olympus Pen, una cámara de medio formato que duplicaba la película y podía sacar hasta setenta fotos. Eran los famosos telescopios, conos de plástico donde se insertaban las fotografías –diminutas– para verlas a contraluz y mágicamente ampliadas. Los telescopios costaban cuatro pesos, y el negocio consistía en cobrar dos pesos por tomar la foto y dos más por revelarla en el laboratorio, adonde el cliente llegaba con el recibo del fotógrafo.

Pero lo de Flamingo se acabó rápido y, ahorrado el capital para comprarse cada uno su cámara, comenzaron a repartirse los parques Berrío y Bolívar. En el primero la policía encarceló a más de uno por desacato a la ley, es decir, por tomar fotos en “La Gorda” de Botero con el Banco de la República de fondo; y en el segundo algunos aprovecharon el oficio para tener amores pasajeros con las “señoritas del hogar” que trabajaban en casas de familia y salían al parque los sábados y los domingos. John Jairo Villa se dedicó a la fotografía social, un trabajo de fines de semana que implicaba tener la agenda del obispo y llegar antes que él a las ceremonias, por aquello de comprometer a los clientes. Solo Alonso, Ómar y José llegaron a usar la cámara de cajón, con la que hacían “fotoagüitas” o “poncherazos”, así llamadas porque se lavaban en una ponchera de peltre con agua para revelarlas minutos después de tomarlas, técnica que fue muy popular por los retoques manuales con palomitas que llevaban en sus picos mensajes como “no puedo pensar sin ti” o “tú eres mi único amor”. Saúl López fue el único que hizo fotocine, técnica previa al telescopio que consistía en tomar fotos de la gente que caminaba desprevenida por Junín, y lo mejor era que no se enojaban cuando les entregaban el papelito de cobro.

Un recuerdo

Es mediodía. O Fernando tiene el ceño fruncido porque la gorra negra que lleva puesta no logra protegerle la cara del sol, o está así porque un recuerdo se le cruzó por la mente al mirar la revista. Sea lo que sea, al cabo de unos segundos dice:
–Esa fotografía es un orgullo porque el Museo de Antioquia nos invitó a nosotros, unos simples trabajadores de la calle.

Cuenta que esa tarde hicieron el recorrido de la mano de Aura López, ‘Aurita’, una mujer que se ganó el corazón de todos porque les abrió las puertas del museo, les enseñó las obras de Débora Arango, Eladio Vélez y otros artistas que no eran Botero; les habló de arte y los defendió de Espacio Público para que pudieran trabajar libremente en la plaza, porque ellos, más que nadie, eran los guardianes y guías del museo al aire libre que acababa de fundarse.

Clic uno

Nos vemos en la Gorda

Esa mañana en la plaza, antes de que la periodista encontrara la revista –aunque pudo ser cualquier mañana porque así comienzan todas–, Bernardo Angarita y Bernardo Cano, los jardineros del museo conocidos en el sector como ‘Los Bernardos’, salieron a limpiar las dos fuentes y los tres jardines como los gemelos Tararí y Tarará del bosque del País de las maravillas. Los árboles que sembraron están frondosos y florecidos, pero ellos lidian con el lado oscuro de las cosas: armados con guantes, pala y bolsas de basura enormes, los Bernardos olisquean por doquier para encontrar pedazos de pantalones mugrientos, hilachas de camisas podridas, gorras gastadas, cuchillos hechizos y mojones malolientes que bien saben esconder los que tienen por baño los jardines. Si uno aguza mucho el sentido del olfato encuentra pestes en todas partes, dirá Angarita, y Cano recordará el día que tuvieron que arrancar una tomatera nacida de las semillas que quedaron en las heces de algún cristiano. Si los Bernardos dejaran de hacer su tarea, los turistas quedarían arrugando la nariz en todas las fotos.

La mañana avanza y la plaza se va llenando de turistas. Atravesarla de un extremo al otro implica esquivar decenas de venteros ambulantes. Los hay de estampillas, de cometas, de tintos, de algodones de azúcar, de ratones en monociclos, de globos, de cigarrillos, de limonada, de avena, de réplicas en miniatura de las esculturas de Botero, de ornitópteros de Da Vinci Made in China. A lado y lado están las putas –sin María Magdalena–, una banda de ladrones y los fotógrafos gritando en coro: "lleve la fotico a cinco mil, a dos mil, tres por diez mil".

Anecdotario

A Fernando y Rodrigo se une Alonso Cano –65 años, boina café, moreno, no tan grande como su sonrisa–. Llega con una expresión tan serena que da la impresión de que el sol picante lo refresca. Fernando aprovecha la oportunidad para escabullirse con Rodrigo, lo presenta, le entrega la revista, le pide que hable con la periodista y se va. Entonces Alonso toma una silla y se sienta al lado de la escultura de Adán para conversar con ella:
–Gracias al maestro Botero nosotros estamos trabajando todavía.

Busca entre sus fotos una en la que aparece abrazando a Botero a la salida del museo. Él, más joven, más delgado, más altivo, gafas oscuras, sonrisa enorme, camina junto al artista como si fueran grandes amigos.

Cuenta que antes de que llegaran las esculturas los nueve de la foto trabajaban enfrente del Hotel Nutibara y en los parques Berrío, Bolívar y San Antonio. La plaza, que todavía no lo era, estaba llena de edificios: el Emi Álvarez, el Colombia, el de Foto Garcés, el del Metro –que tumbaron sin estrenar–, el de los Billares Luna Park, los de las barberías y las peluquerías, el Centro Comercial Calibío… Que empezaron a tomar fotos cuando todo era polvo y pantano, llevando clientes a las primeras esculturas que instalaron: Soldado romano, Mujer, Rapto de Europa y Esfinge; pero que “el machete” fue cuando llegó el Hombre a caballo porque era la que los niños querían. Que tomaban fotos con Polaroid y cámara de rollo, y llegaban a vender hasta quince fotos a un mismo turista. Que antes cobraban cinco mil pesos y hoy también, e incluso menos, debido a la competencia y al auge de las cámaras digitales.

Un portafolio

Retrato con fotógrafos

Alonso exhibe en su portafolio fotos con marcos alusivos al Metro, a las esculturas de Botero, a la Feria de las Flores… Dice que hacía montajes manuales cuando tenía la Olympus Trip 35, una cámara de rollo con la que hacía efectos utilizando filtros improvisados de neolay, un material oscuro y sintético parecido al de las radiografías.

Los trucos duplicaban a las personas o las ponían dentro de una copita pensando en el novio o en la novia, funciones que ahora realiza en una cámara digital. Dice que a la gente le fascinan los montajes porque no los saben hacer.

–Si llega uno y le dice a la gente que puede quedar tocando la cúpula del Palacio de la Cultura, o cargando en la mano una escultura de Botero, eso llama la atención, ¿no?

Dice que ellos inventaron mitos sobre las esculturas como una estrategia para vender más fotos. La escultura Pensamiento significa que todo hombre tiene en su mente a una mujer, entonces el fotógrafo le dice al turista: “vea señor, vea niña, ¿usted quiere un deseo? No lo divulgue, tóquele la cabeza a la escultura, piense en esedeseo y a lo mejor se le cumple. ¡Ah! Y tómese la foto”. A las mujeres les dicen que si quieren amor eterno deben tomarse una foto tocando el falo del Soldado romano, que lo tiene más grande y más pelado que el irrisorio de Adán. Y a los hombres les dicen que si tocan el busto de la Mujer reclinada no les será difícil conquistar a la mujer deseada.

Clic dos

Al lado de la silla donde está Alonso hay una escena. El imitador del Chavo se pasea por la plaza buscando turistas que se quieran tomar fotos con él. Es tan parecido al verdadero que se da el lujo de cobrar por mostrar un álbum en el que aparece al lado de famosos, y en la primera foto que exhibe está abrazando a Roberto Gómez Bolaños. Junto a la escultura de la Cabeza hay un fotógrafo –de los nuevos–, quien luego dirá que él fue quien le enseñó “el escorpión” a Higuita cuando jugaba fútbol en el barrio Castilla. El Chavo interrumpe la vagancia del fotógrafo y le pide que le tome una foto junto a dos turistas. Cuando va a sacar su cámara, los dos turistas le dicen que con las de ellos. El fotógrafo las recibe, toma las fotos, clic, clic, las entrega, los turistas las miran y sonríen, abrazan al Chavo y se van. Y nada. En las manos del fotógrafo no hay nada. Así que regresa a su sitio junto a la Cabeza. Minutos después el Chavo regresa, le guiña el ojo y le da una liguita. Algo. En las manos del fotógrafo ahora hay algo. Y eso es lo único que conseguirá ese día, una liguita que no le alcanza para la pieza que paga todos los días.

Conversación final de los vivos

A las tres de la tarde el sol deja de picar en la piel y los ornitópteros de Da Vinci Made in China sobrevuelan el cielo de la plaza. Fernando y Rodrigo han regresado acompañados y le hacen señas a Alonso para que regrese con la periodista. Saúl López –71 años, fotógrafo del Ponyfútbol desde hace treinta– y John Jairo Villa –58 años, no puede pasar más de dos horas de pie– completan el grupo de cinco. Ahora, como hace doce años, bajo el árbol que llora, los cinco están reunidos para posar en otra foto. Una foto para otra historia.

Fernando, Alonso, Rodrigo, Saúl y John Jairo hablarán de otras cosas que acá no se han dicho, del lado oscuro de la historia: el derecho al trabajo, los abusos que sufren de cuenta de los funcionarios de espacio público, la incapacidad que han tenido para asociarse y defender sus derechos…

Rodrigo, que ha pasado todo el día sin portafolio y sin cámara, se despide de todos y regresa por la bandeja con réplicas en miniatura de las esculturas de Botero que había dejado al lado de la Mujer vestida.
–¿Qué pasó, Rodrigo? ¿Dónde dejó su cámara? –pregunta la periodista.

Pasó que Rodrigo vivió 43 años de la fotografía y ahora no le alcanza. Que toma menos fotos que antes y por menos plata. Que tuvo que empeñar sus alhajas para comprar las réplicas. Que ya no son los tiempos del fotógrafo importante que llegaba a los “quinces” a bailar el vals con las quinceañeras, cuando tenía mesa separada y le daban más comida que a los demás. Pasó que está cansado. Que tiene que conseguir lo del día y dejar al grupo para ser uno más entre los venteros ambulantes. Pero antes de perderse, se acerca a la periodista y le dice al oído: “yo no dejé la fotografía, la fotografía me dejó a mí”.

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