
Hace más de cien años, en 1909 exactamente, ningún medio de comunicación dijo nada sobre la fuente de Francisco Antonio Cano recién instalada en la Plazuela de San José. Semanas después, el escritor Emilio Jaramillo comentó en la revista Alpha: “La hermosa pila de la plazuela San José está ya terminada y la prensa local apenas si ha dado cuenta de ello. El artista ha cosechado como siempre, el silencio, la indiferencia. ¡Bello estímulo! […] Se diría por ese mutismo, que el monumento carece de importancia, siendo así que la tiene, y grande, como que marca una fecha no despreciable en los anales de nuestra arquitectura civil, tan pobre de nombre”.
Cano era para muchos el artista prometido, el primero en Colombia que se dedicó a la escultura como profesión, un hombre noble más apreciado en el exterior que en su propio pueblo. Qué diría Jaramillo si se hubiera enterado que aquella fuente labrada finamente por las manos del artista —ánforas rodeadas con flores, mascarones y un niño desnudo— que a él le evocó “las ilusiones que resurgen y la vida que renace en un eterno retorno”, fue demolida al inicio de la década del setenta del siglo pasado.
El peatón no era lo más importante para el progreso urbano, los carros reinaban en la punta de la pirámide. Las nuevas calles, la Avenida Oriental y Ayacucho, se llevaron la fuente y gran parte de la misma plazuela adoquinada. Años más tarde el escritor Rafael Ortiz Arango escribiría al respecto: “Un ejemplo típico de lo infortunadas que han sido las plazuelas en el Medellín antiguo, en los estudios arquitectónicos y urbanísticos, de nuestros genios en esta materia, lo es, lo que debería ser una hermosa plazuela, pero hoy no pasa de ser un simple atrio cuya ornamentación es exigua en comparación con lo que fue”.
Aquel lugar, según los críticos, fue víctima de la insensibilidad artística. El conjunto de la plazuela, la fuente entre las palmas y la iglesia barroca, era considerado una escuela del buen gusto al aire libre. El recuerdo de aquel sosegado y despejado recodo, en medio de calles intrincadas, es hoy un estrepitoso lugar de paso frente a una estación del tranvía, habitado diariamente por comerciantes, vendedores informales y algunos pocos desocupados que esperan a alguien, o la nada, sentados en el borde del redondel de la réplica de la fuente de Cano.
¡Réplica! Sí. Tras la demolición, el símil le fue encargado al maestro Carlos Ossa, pero el intento de reparar el daño ajeno no le salió nada bien; los más exigentes lamentaron todo aquello: “Posteriormente procuraron, craso error, reconstruirla, dando su encargo a su escultor, que quedó ahí, muy debajo de tamaña responsabilidad como se puede apreciar a simple vista en el mamarracho que allí está”.
—Estoy en la fuente de la iglesia San José. Acá la espero —dice un trigueño alto y flaco, mirada nerviosa. Revisa la hora en el reloj del templo: faltan diez para las once de la mañana. Devuelve el celular a María y paga el minuto con una moneda de 200 pesos.
El hombre va hasta la fuente, se sienta en el redondel, mezclándose con el círculo de viejos solitarios que miran enojados a la turista, recién salida de la estación del tranvía, que les apunta con la cámara del celular. Dentro de la fuente no hay agua, hay un habitante de calle dormido, cobijado con un costal blanco. La única sombra generosa en este lugar la proyecta el templo, cubriendo a los venteros de cachivaches religiosos que estarán allí hasta poco después de la última misa.
Hace seis años María trabaja en esta plazuela, todos los días está acá a partir de las nueve de la mañana. Pone un par de taburetes plásticos cerca de la fuente; en uno acomoda la canasta con termos, tinto y aromática y los paquetes de cigarrillos; en el otro, se sienta su nieta, una niña de siete años que dibuja casitas y árboles en una libreta cuadriculada, mientras llega la hora de entrar al colegio.
—¿Sabés que la alcaldía tiene planes de reformar este lugar? —le pregunto.
—Sí. Como que van a poner más jardín y esto lo van a cerrar y nosotros quién saben pa’ dónde cogemos. Acá estuvieron haciendo unos talleres y unos juegos, a ella —dice mirando a su nieta —la pusieron a dibujar a ver cómo se imaginaba este lugar.
—¿Sabés qué es lo que van a hacer?
—Van a poner la muñeca de Frozen y muchas flores —responde la nieta, que sacó esos pómulos redondos y anchos de su abuela.
—Ja ja ja ja —se ríe María— la verdad no sé bien, por mí está bien que lo arreglen y que esto quede lindo.
Es una morena fornida, muy joven para ser abuela, tiene ojos negros y labios carnosos pintados de rosa. No sabía que esa fuente, la que tanto mencionan los que le compran minutos para indicarle a alguien el punto de encuentro, es una copia de la original, que estaba más o menos donde ella está ahora.
Apenas se entera de que primero estaba la plazuela antes del templo, esa monumental obra de ladrillos cocidos frente a la que cada día, antes de iniciar su jornada, María se bendice. Y no estaba ahí, sino a su espalada, se llamaba San Lorenzo, el más antiguo de la villa, una pequeña capilla de paja erigida en 1646. La iglesia que conocemos hoy la empezaron a construir desde 1847, su edificación estuvo interrumpida por la expulsión de los jesuitas, los financiadores, y solo se terminó en 1892.
Para la actual Alcaldía de Medellín y la Empresa de Desarrollo Urbano (EDU), la plazuela es un patrimonio histórico que hay que recuperar. Sigue siendo un referente de ciudad en medio del bullicio que le sacude cada día. La mayoría de residentes que vivían en sus alrededores se han ido y a cambio el lugar se llenó de locales comerciales, almacenes, restaurantes e instituciones educativas.
San José, me diría Ana Cristina Caro, líder social de la EDU, es una zona de tránsito y permanencia, su vocación es religiosa pero también turística. “Es como una sala de espera a pleno sol. La idea es adecuarla para que la gente pueda disfrutar plácidamente de este lugar”. El proyecto de intervención pretende devolverle a la plazuela su esencia y que conecte a la gente con otros sitios representativos de La Candelaria. “Las zonas verdes de la jardinera serán ampliadas y adecuadas para que la gente pueda sentarse. La fuente será reubicada en el centro, y en el lugar donde está ahora se plantará otra palmera”.
María todavía no conoce esos detalles, pero sabe que cada mañana se instalan frente a la puerta de la iglesia seis puestos en los que venden velas, sahumerios, rosarios, estampas y estatuillas y que, ¿quién lo creyera?, San José no es el santo más vendido. Ella sabe del ruido de los ríos de carros que circulan en la Avenida Oriental, del esmog, del humo que expele el asador de chunchurria y de la caótica competencia de perifoneo al final de la tarde, cuando los carretilleros rematan frutas, tubérculos y hortalizas. Sabe que es mucha la gente que elige este lugar como punto de encuentro, y eso significa ver saludos displicentes, calurosos o efusivos. Ver tanto abrazos esquivos como besos eternos.
—¿Y te contaron que van a correr la fuente?
—¿Cómo? ¡Nooo! ¿Para dónde? —pregunta María.
—Dicen que la pondrán acá, entre tu puesto y la entrada principal del templo.
—Ah, ¡qué maravilla!, que no la vayan a quitar pues, que todo el mundo se encuentra es ahí.
—Ahí van a poner a Frozen —comenta su nieta.
San José, una sala de espera bajo el sol… “las ilusiones que resurgen y la vida que renace en un eterno retorno”, diría Jaramillo.

