El parque que necesita un barrio
Rafael González Toro

El parque que necesita un barrio

Las ideas vanguardistas del Plan Piloto para Medellín, formulado por los arquitectos Paul Lester Wiener y José Luis Sert a mediados de los años cincuenta del siglo pasado, dejaron atrás los usos del suelo que privilegiaban la vivienda para el Centro de la ciudad y les dieron paso a las nuevas tendencias urbanísticas en las que primaban los locales de servicios, el comercio, la banca y las avenidas para los automóviles.

Uno de los vecindarios que padeció durante décadas la transformación propiciada por el Plan Piloto fue el barrio San Antonio. En torno a la iglesia y el convento del mismo nombre (construidos en 1874 y terminados en 1938), se levantaron las casas que le dieron forma al barrio en el siglo pasado y que ocuparon las cuadras comprendidas entre las calles San Juan y Bomboná y las carreras Bolívar y El Palo.

En los años ochenta, varias cuadras de la zona, separadas a la fuerza por la avenida Oriental y copadas por habitantes de la calle, se volvieron un pedazo de ciudad que nadie quería mirar. A mediados de esa década, la Empresa de Desarrollo Urbano del Valle de Aburrá (Eduva) destinó la porción de terreno donde hoy está el Parque de San Antonio a un cementerio de carros siniestrados y abandonados del Tránsito Municipal.

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Iglesia de San Antonio. Gabriel Carvajal, 1983.

El vecindario tradicional, que ya sufría el deterioro provocado por lo que se llamó la “guayaquilización” del Centro, terminó de morir. Se quedó sin sus habitantes tradicionales y quedó fragmentado en varios sectores. Del viejo barrio San Antonio solo quedaron los recuerdos de los vecinos que se fueron a la periferia después de vivir en uno de los sectores más estratégicos de la ciudad.

A comienzos de los noventa, con otras ideas de planificación urbana en el panorama, se promovió la construcción del Parque de San Antonio, como un punto de encuentro colectivo, con vocación comercial y autosostenible. Ya por esos años, almacenes Éxito había construido su supermercado en el costado norte de esa franja de terreno y para 1992 la Alcaldía de Medellín terminó de adquirir los terrenos del parqueadero, y en el año 1993 se crea la nueva Empresa de Desarrollo Urbano (EDU) bajo el nombre de Promotora Inmobiliaria de Medellín, que luego tendría su sede en este lugar.

Así inició la construcción del espacio público como se conoce hoy: una porción de aproximadamente 37 mil metros cuadrados dividida en las manzanas norte y sur, con locales comerciales, pequeñas tiendas, la iglesia, el convento, la sede de la Alianza Francesa y de Interactuar Famiempresas, las sedes de la EDU, un CAI, un teatrino y un subsuelo ocupado por un estacionamiento.

Los adoquines del Parque de San Antonio son como la pasarela de los que poco tienen, la banda de caminar de quienes pasan de prisa sin mirar atrás y la alfombra gris que sirve de preámbulo para los que buscan una jornada de bebida, paisanos y baile.

De los parlantes pegados del techo de uno de los locales sale un reguetón pegajoso e inclemente que se mete bien adentro en los oídos. El sol de un viernes por la tarde brilla sobre el piso de lugar y encandila.

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Sobre el adoquinado hay cuatro esculturas de Fernando Botero que engalanan el lugar y atraen turistas. Torso masculino, Venus durmiente, y los dos pájaros: el Pájaro herido, que quedó a maltraer cuando pusieron bajo sus alas diez kilos de explosivos el 10 de junio de 1995, durante el festival Yo soy Cartagena, y que mató a veintitrés personas; y el Pájaro de la paz, donado por el artista en memoria de las víctimas y bajo la condición de que la obra permaneciera como recuerdo de la época de violencia de Medellín.

“Vengo hace más de diez años después de hacer vueltas o de tomar tinto con amigos en el pasaje La Bastilla. Soy de los pocos que llegan acá que no va a los bebederos. A la gente no le gusta mucho sentarse en el parque durante el día. Y por la noche no se queda nadie que no esté de rumba por lo peligroso”, dice José Mesa, de 77 años, un jubilado flaco, de piel curtida y de baja estatura.

Por esa falta de apropiación y de inclusión a todo tipo de ciudadano, que desemboca en abandono e inseguridad, la Alcaldía de Medellín, a través de la EDU, desarrolla un plan de renovación para hacerlo un lugar más amigable y verde. “San Antonio es una de las grandes puertas que tiene el Centro, pero nadie se queda, excepto las personas que llegan a algunos locales comerciales. Esta es una comunidad flotante sin la pertenencia que necesita el lugar”, asegura Andrés Uribe, anterior subgerente de Operación Urbana e Inmobiliaria de la EDU.

El área total del parque está regida por dos reglamentos de propiedad horizontal y tiene unos ochenta propietarios privados. Uno de esos es la EDU, que tiene como propiedad varias dependencias, incluido el nuevo edificio de la esquina de Amador con Junín, que hoy es el referente de la nueva cara que la Administración Municipal le quiere dar al lugar. Esta edificación, de ocho pisos, dos sótanos y capacidad para 180 personas fue diseñada con criterios de sostenibilidad e innovación con el objetivo de integrarse a la renovación física y social del parque.

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En la manzana norte, entre Amador y Maturín, la EDU revisa la ocupación de los espacios con algunos de los propietarios para dejar sentadas las bases de un futuro proyecto de vivienda, comercio y servicios. En cuanto a la manzana sur, se buscará integrar más armónicamente a la iglesia de San Antonio, como gran hito urbano, con el entorno, por medio de la construcción de un atrio más amplio y salidas laterales por el costado sur, en articulación con la avenida San Juan.

Desde lo público se busca quitarle tanto piso duro al parque y sembrarle árboles que den sombra. Además, ligado con el proyecto de Corredores Verdes de la Alcaldía, se sumarán nuevas especies a la franja de árboles y plantas que ya se instaló en el separador de la avenida Oriental.

La primera fase de ejecución del espacio público del proyecto terminará a finales de 2019, y se piensa dejar todo listo para construir, a través de alianzas con el sector privado, aproximadamente 362 unidades de vivienda y en los bajos seguir con la oferta comercial y de servicios. Y redoblar la apuesta de una vieja fórmula que dio muchos réditos en el pasado: la habitabilidad en el sector para generar sentido de pertenencia y apropiación por parte de sus actuales y futuros ocupantes.

“Nos dimos cuenta de que el tratamiento que se le dio anteriormente al parque no es el legado urbanístico que necesita Medellín hoy. Nuestro objetivo es organizar las huellas donde en un futuro se pueda construir vivienda, comercio y locales institucionales. El sentido de apropiación se da cuando la gente habita un lugar”, dice Uribe.

Otro de los que espera que el cambio funcione es Richard Salgado, propietario de la tienda Reyes, ubicada en el costado del parque que da a la avenida Oriental.

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“Hasta el momento no sabemos mucho de lo que se va a hacer, pero si es para mejorar todo es bienvenido. Eso sí, que cuenten con los dueños de los comercios. También con las personas que vienen acá, en su mayoría de Urabá, Chocó y de municipios de Antioquia. Esa gente no tiene otro lugar para divertirse”.

La transformación va de la mano de integrar el Parque San Antonio con la estación del metro y del tranvía. El parque es punto de partida y llegada de unas cincuenta rutas de buses de la ciudad y del área metropolitana. Es un lugar estratégico de movilidad y de comercio, con todo el empuje de El Hueco y a pocas cuadras del Centro Administrativo La Alpujarra.

De ahí que la proyección de la EDU de volverlo más amigable, verde y seguro también sea una alternativa para personas como José, el jubilado que después de leer tres periódicos camina por el adoquinado, baja las escalas y se va en busca del bus que lo regrese a su casa en el barrio La América.

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