Hogar, dulce Centro hogar
Wilber Alberto Rico

Hogar, dulce Centro hogar

La Comuna 10 o La Candelaria tiene cerca de 120 mil habitantes y está conformada por veinte barrios. Es tal vez la más concurrida de Medellín con casi un millón y medio de personas que la transitan cada día; por donde paseamos, comemos, compramos y tintiamos. Quizás muchos le teman y otros la amen, pero se calcula que a diario cuarenta por ciento de la población del área metropolitana confluye en sus calles por una u otra razón. Para descubrirlo hablaré con algunos de sus residentes, para quienes el Centro representa simplemente la calidez de un hogar.

Empezaré con Carmenza Villegas, de 66 años y viuda de un exmagistrado hace quince, tiempo que lleva en su apartaestudio en plena Avenida Oriental, donde los kioscos bajan sus plásticos y sombrillas al atardecer dando paso a carreteros con bananos, aguacates, piñas oromiel a mil, a dos mil y a tres mil. “Me costó dos años adaptarme a esta nueva vida. Lo tenía todo en mi casa grande en La América con mi marido jubilado, cuatro habitaciones, patios, baños y corredores”, me cuenta la simpática señora, en el salón de un solo ambiente de treinta metros cuadrados con dos camas individuales, mezanine, comedor y una cocina mediana. Todo a la vista. El ruido sinfín de la avenida se cuela por su única ventana en este cuarto piso del Edificio La Casa, entre Pichincha y Ayacucho, por la que se ve la iglesia San José iluminada y serena. “Tengo tres iglesias cerca de aquí, el Éxito, los almacenes de Junín y Versalles, donde tomo café con mis hermanos o mis amigas”. Carmenza sobrelleva esa soledad voluntaria gracias a la compañía de las voces callejeras y los venteros que ya la conocen. “Espero no tener que irme de aquí, pues me siento muy bien y todo este ajetreo me hace falta”.

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La construcción de la Avenida Oriental en 1971 desatascó el tráfico y modernizó la ciudad partiendo de alguna manera el Centro en dos. Del lado occidental quedó buena parte del comercio tradicional y por el oriente dos o tres barrios residenciales, entre ellos Boston, donde comienza la avenida La Playa que baja para cruzar la Oriental. Hacia 1980 los nuevos ricos levantaron en este paseo edificios de apartamentos amplios con miradores cómodos, muchos de ellos convertidos hoy en centros educativos, bibliotecas, bancos, hoteles y comercio en general. De aquellos vecinos quedan pocos, como Horacio Mesa, uno de los más longevos allí con 91 años, en buena forma gracias a sus caminatas por la Oriental, San Antonio, Junín, Ayacucho y El Palo. “No sé vivir en otra parte que no sea el Centro”, me dice Mesa, nacido cerca de Boston e instalado en La Playa desde 1980 con una de sus hijas y su nieta. “Antes era más tranquilo con el tranvía y dos empresas de taxis. Muy poca gente tenía carro”. Desde su apartamento en el piso doce del Edificio del Valle se divisa la montaña oriental, los barrios Enciso, Colinas de Enciso y parte de Sucre. Abajo se ve Bellas Artes, la Congregación Mariana y La Playa repleta de gente y de ventas callejeras hasta perderse más allá del Coltejer. Horacio fue albañil y aficionado al cine en los desaparecidos teatros Junín, el Avenida, el María Victoria y el Colombia, donde vio filmes como El quinteto de la muerte, El tío, Pájaros, La ventana indiscreta y La cortina carmesí. Emocionado, recuerda el derrumbamiento del Teatro Junín: “Fue horroroso. Un crimen. Nadie protestó y nadie quiso comprarlo. Era el más grande del país, donde vi tenores y pianistas extraordinarios”.

Antes de salir, Horacio me dice que el tranvía de ahora le gusta mucho, que la idea de arborizar “es magnífica porque necesitamos más zonas verdes” y que no se iría de allí a menos que fuese inevitable.

La noche y el día en Boston neighborhood

Afirma el sociólogo Juan Diego López Ruiz en su tesis Boston, de barrio a zona de servicios (2015), que había “antiguas casonas, o como se decía antaño 'los caserones', bellas viviendas, aposentos de ricos, pobres y clase obrera”. Hoy hay que sumarle más de treinta edificios y unos veintiún inquilinatos. De clase media y tradicional, Boston se fundó en 1908 en terrenos regalados por Vicente Benedicto Villa y Germán Villa. El diseño y orden daba a sus habitantes una sensación de tranquilidad hasta los años setenta y ochenta cuando aumenta la clase obrera. En los noventa y con el devenir de los cambios estructurales, Boston sufre una transformación en la que confluyen lo tradicional, apartaestudios para personas sin hijos, profesionales, inquilinos y una oferta cultural y gastronómica.

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De esa nueva dinámica hablaré con Pablo Correa en su apartamento de Jardines de la Plaza en la carrera 41 al lado de estación Pabellón del Agua. El joven politólogo de Eafit, criado en El Poblado, me dice que aquí tiene “cultura, teatros, el cine, las fachadas antiguas encantadoras y el Coltejer como una de Torre Eiffel romántica”. Pablo, de 26 años, comparte apartamento con una amiga y esporádicamente con Dani, su pareja. “Me he apropiado del Centro desde mis subjetividades, y en concreto de esta zona. Es un barrio más inclusivo, algo mágico y posible gracias a la tolerancia”. Curiosamente Pablo usa poco la palabra inseguridad, un concepto subjetivo y que a veces asociamos con el Centro. “Ahora que lo mencionas caigo en cuenta que al pensar en el Centro visualizo la Placita de Florez, la cultura, Bomboná y sus bares”.

Pablo me comparte un café en su sala con vista a edificios y montañas: “Mi abuela y mi madre vivieron en el Centro en otros contextos. Al comienzo se preocupaban. Ya no. Y es curioso que su hijo y nieto haya regresado al sitio del que ellos salieron, y mis amigos entienden mi opción de vida”, dice Pablo, ya casi al caer la noche que vemos venir con las luces que decoran los céntricos edificios.

Salgo de aquella torre hacia el bar Asterión en la calle Caracas a verme con Paul Smith, un inglés de Northampton, de 52 años y veinte trajinando en el Centro. “En Medellín lo he visto casi todo. Lo bueno y lo malo. Soy nocturno y me gustan los sitios pesados por su vibra. Con mi hijo de dieciocho años exploro las calles, pues es skater y a veces pasamos desapercibidos por muchos sitios”. Paul trabaja fuera de Medellín como fotógrafo pero siempre regresa a su casa del barrio Boston. Aunque opina que faltan parques grandes, también agradece la recuperación de zonas públicas. “Lo más bonito de esta ciudad es el valle hermoso y su gente que merece un espacio para apropiarse y disfrutar”.

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He quedado al siguiente día en el Bun-Di Café Bistró de la calle 53 con Lukas Ochsenbein, un suizo enamorado del Centro de Medellín y que por cosas del amor decidió establecerse en esta ciudad dejando atrás su natal Worben, un pueblo de dos mil habitantes. Luego de mochiliar algunos meses por Centroamérica, Lukas sintió el flechazo por Latinoamérica e insistió en venir a Colombia a hacer su servicio civil belga. “La primera vez que pisé Medellín fue una noche de paso. Luego vine a la despedida de otro amigo suizo que se iba de Colombia y en esa reunión conocí a Anamaría, pronto nos casamos y cinco años después tenemos una pequeña de dos años. Todo ha sido muy rápido”.

Este tiempo viviendo cerca de Boston, sitio preferido por jóvenes como él que procuran tener más tiempo para la familia, el ocio y la cultura, ha sido trepidante para Lukas quien soñaba vivir en un sitio caótico diferente a su pueblo en Suiza en donde no pasa nada. “Disfruto las cosas positivas del Centro, y otras, como el ruido, las distraigo con la música y cocinando en este negocio cerca a mi casa y a la guardería de mi hija”. De momento Lukas no se plantea regresar a Europa. Por el contrario, hoy tiene más amigos que acuden a su restaurante, ese mundo que lo aleja de la nostalgia de Worben a miles de kilómetros de distancia.

El café con Lukas se ha alargado y debo apurar a reunirme con el profesor Juan Manuel Sánchez, un joven doctor en Ciencias del Lenguaje y Lingüística que ha vivido en Barcelona, Oslo y Ohio y ahora en un apartaestudio de la calle Echeverry, sector Los Ángeles. “Desde adolescente me ha gustado el Centro pese a su mala fama. Es el corazón y la efervescencia de Medellín, con sus cosas buenas y otras no, pero es su parte más auténtica”. Una originalidad que se empeña en mostrar a sus amigos extranjeros que lo visitan. “Los llevo al Centro para que vean la verdadera ciudad, e incluso a lugares como la Minorista, un mercado con cierto prejuicio social, donde hay un restaurante gourmet y de comida internacional y otros sitios donde se come muy bien”.

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Esa experiencia fuera del país le permite comparar otros Centros con el de Medellín. “Son obviamente más organizados, con ofertas culturales más amplias, pero la esencia es la misma”. Luego el profesor me explica su visión estética: “Si uno hiciera un estudio sociológico e incluso semiótico del Centro, se maravillaría por su mezcla de extremos. Algo que se pierde el setenta por ciento de los medellinenses debido a que somos una sociedad en la que importa el que más tenga y ascienda socialmente, pero el Centro representa lo contrario”.

Mi próxima parada es en la carrera 39 con la 48, Ayacucho, con Andrea Lopera y Hugo Ortega, dos ecologistas que dejaron sesenta hectáreas de bosque paradisíaco en el Darién chocoano para aventurarse con el restaurante Ten Ten Pie. El concepto es la cocina personalizada al capricho del comensal, sin importar la hora o los ingredientes y en una casa amplia como de campo, un pequeño huerto improvisado y sofás cómodos.

“Yo estuve 35 años y Andrea quince viviendo en el Darién. Aún somos custodios de una reserva llamada Sasardí donde se desarrollan proyectos de conservación de la biodiversidad con comunidades negras, indígenas y mestizas”, me cuenta Hugo, de mirada y hablar serenos y una sabiduría por la naturaleza que me deja pasmado. Su primer restaurante La Ballena Salvaje estuvo en Prado Centro en una casa de 1920, luego en otra similar y hoy Ten Ten Pie en Ayacucho. Andrea me explica sus sitios preferidos: “El Parque de Boston y sus árboles, o el de Bolívar con sus locos y poetas”. En cambio para Hugo los parques son los pulmones que congregan gente y en los que incluso hay alimentos, “allí cojo grosellas, carambolos, cereza del gobernador y jaboticaba, que usamos para cocinar”.

La pareja de cocineros me invita a café y pan ecológico hecho por ellos mientras me hablan de sus nuevos vecinos: “Hacemos mermeladas y pasamos por los locales a presentarnos. Ellos saben que estamos aquí aunque la puerta esté cerrada, y que pueden comer sin las prisas cotidianas, como se hacía antes”. Me despido de este minioasis y camino rumbo a una de las calles más dinámicas y coloridas.

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Saber vivir en la carrera Bolívar

La construcción del metro conmocionó la carrera Bolívar cuando se empezó a ejecutar en 1984, obligando a muchos de los vecinos de San Benito, de clase media, habituados a vivir en casas con patios, a mudarse a barrios periféricos más tranquilos. Los nuevos ocupantes transformaron esa parte en una zona comercial de “actividad productiva interna” (talleres, hoteles) y otra de “producción hacia afuera (venteros y puestos al aire libre, cachivaches)”, señala Francoise Coupé (2006).

De ese comercio hacia afuera han sobrevivido por ejemplo Meredith Palomino y José Álvarez, dos sucreños del Caribe colombiano e inquilinos del edificio Cuartas Hoyos en Bolívar con la 55, a donde iré a escuchar su experiencia medellinense. Bajo de prisa esquivando los venteros y el tráfico de la 54 y luego la 55. Me tomo algo en la panadería La Comelona debajo de un inquilinato y enfrente del de la pareja. Cada centímetro es un negocio en este vértice donde espero la señal de Meredith y José, desde un segundo piso al que se accede por una puerta de reja despintada, pero él prefiere hablar en la cacharrería donde espanta el polvo con una bayeta. “Siempre he comprado pa vender. Vivíamos en Riohacha y Manaure y hace dieciséis años estamos aquí. La casa tiene cuatro habitaciones donde mis hijos estuvieron hasta que se graduaron de abogada e ingeniero. Solo queda una con nosotros”. Meredith y José me cuentan que poco saben de sus vecinos aunque sí notan que “viene y va mucha gente a piezas alquiladas, tú sabes que en la ciudad no le paras bolas a nadie”, y prosigue ella con los cambios del sector: “Dicen que las obras nuevas vendrán hasta aquí y eso es bueno para la seguridad. El Centro al fin y al cabo nos ha permitido educar los hijos”. Algunos curiosos entran al negocio y a José y Meredith se les nota el afán por el almuerzo. Y para mí es hora de cruzar el Centro rumbo a Niquitao.

El matemático de Niquitao y el basculero del Parque Bolívar

He quedado con León Vergara en el barrio Niquitao, en la carrera El Palo entre las calles El Sapo y La Corraleja, sitio de históricos inquilinatos. Según un estudio dirigido por Francoise Coupé en 2006, estos comenzaron en el sector de San Antonio en casonas de familias arruinadas convertidas para alquilar. Luego en los setenta con la llegada de la Avenida Oriental, el negocio creció en Niquitao, sobre todo para gente de paso. Veinte años más tarde la cifra se quintuplicaba: “En 1993, un censo realizado por la Secretaría de Bienestar Social del Municipio arrojó un total de 101 inquilinatos”.

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León tiene 67 años, tez quemada y peina canas largas hacia atrás. Apasionado de las matemáticas estudia becado por internet una Licenciatura en Química Molecular en la Atlantis International University, donde paga trecientos mil pesos al mes. “Creo que no hay en la Universidad Nacional un estudiante o profesor que tenga el conocimiento en mi área”, me explica este latonero de oficio desde niño, con cuatros hijos y dos relaciones fracasadas que lo arrojaron a vivir en habitaciones hace siete años. “Primero en el Chocó, en la Y, donde trabajé la minería y ganaba mucho dinero. En esas piezas me atracaron varias veces y en esta me han robado otras dos, pero lo tomo con calma, pues sé que el único responsable soy yo”.

León me explica con erudición las consecuencias de consumir azúcar, de su estudio molecular y de los textos y libros que apenas caben en su habitación de dos metros por uno con treinta. “Mi cuarto es un cuadrito y mi vida es una maleta. Solo hay una cama, un pequeño televisor y unos doce libros”. De hablar pausado, el estudiante me cita autores que lee entre la medianoche y las cuatro de la madrugada. “Estoy con la Biología de Alicia Masarini y la de Tardoc, Las ecuaciones diferenciales de Pierre Simon-Laplace y el Análisis de investigación y operaciones de Richard Bronson”.

Vive en una casa multifamiliar con otras quince personas. Su rutina acaba a la seis de la tarde luego del taller a solo dos calles y después de comer en el restaurante de Gloria por tres mil pesos y los domingos va al Cambalache de la carrera Bolívar a buscar cosas que pueda reparar. Para León el Centro es comodidad, ahorro de dinero y tiempo: “Solo pago cinco mil pesos diarios de alquiler y mi vida se reduce al taller y la casa”, me despide el matemático de Niquitao.

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Por último me dirijo a Villanueva, lugar de antiguas familias pudientes medellinenses con el Parque de Bolívar y sus casonas, varias de ellas convertidas en locales comerciales, agencias de viajes, centros educativos, consultorios y edificios multifamiliares de clase media construidos en los ochenta. También hay hoteles e inquilinatos, como la casona de Pastor Restrepo, una belleza colonial en la esquina de Caracas, diagonal a Junín, y solo para personas mayores de cincuenta años, dice Octavio Marulanda, su administrador. Allí encuentro a Wbeimar Alberto Restrepo Madrid, o el chico de las pesas y los mandados del Parque. “Me conocen todos los maricas y las putas, y hasta los ladrones me han llevado borracho a la casa”, dice sarcástico el hombre delgado. Con él conviven otras ocho o diez personas en trece habitaciones, dos baños y dos duchas. De 52 años, Wbeimar vive en inquilinatos desde los nueve, cuando venía de Campo Valdés a vender novenas de las ánimas. “Comencé pagando quinientos pesos y hoy pago siete mil. Estuve diez años en El Huevo, en Niquitao. Allá se vive muy bien, pero acá todo está a la mano: el trabajo, la comida, la casa”. El de las pesas dice nunca fallar con el alquiler diario. “Solo tengo costales con mi ropa y cuatro básculas. La cama es de aquí”.

Las normas en Pastor Restrepo son tener ingresos o pensión, entrar máximo a las diez de la noche, no se admiten mujeres solas, se prohíben las drogas, los escándalos y las visitas. El pago puede ser mensual o diario dependiendo de la confianza y la antigüedad, me explica Octavio, un hombre que pese a su recelo, me suelta que hay piezas de cuatrocientos mil, otras de trecientos mil y pequeñas como la de Wbeimar. “A veces me ayuda con la limpieza y se lo descuento del alquiler. Cuando no tiene, lo espero unos días, pero siempre paga. Es buen muchacho”, me recomienda el hostelero del último invitado a este tour por el Centro medellinense.

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