Carrera Bolívar: vibración y calma

Vibración. Por momentos es el caos: el trepidante golpe del taladro contra el asfalto, trac-trac-trac-trac, que de igual modo puede taladrar los nervios. La agitación de los obreros con sus cascos amarillos. El polvo, el acero, los tractores, el ruido de cortadoras, zih-zih-zih-zih, cierto olor a caucho. Y a unos pasos, la gente: decenas de caminantes afanosos que van de aquí para allá mientras miran su celular y cuidan sus morrales. Bajo la estación San Antonio del metro, sobre la carrera Bolívar, este martes 13 de marzo de 2018, a las dos y treinta de la tarde, es el caos, el insistente movimiento, la cacofonía. A la vez, todo parece un orden programado donde los obreros no le estorban al transeúnte, los vendedores siguen anunciando sus productos y el tranvía parte puntual. Un caos controlado para que las obras continúen sin que la ciudad detenga su baile.

Calma. Cuando digo obras me refiero a la renovación integral de la carrera 51 (Bolívar), entre la avenida San Juan y la Plazoleta de las Esculturas, en el centro de Medellín. Una intervención de 52 mil metros cuadrados de espacio público entre andenes y estancias. La construcción de un kilómetro de ciclorruta, partiendo desde San Juan hasta empalmar con la ciclorruta existente en la Avenida de Greiff y más adelante con la que vendrá desde la avenida La Playa. Más de 1100 metros cuadrados de jardines rústicos de fácil mantenimiento. Así lo anuncian los boletines de prensa: una vía más para los pies y los pedales que para los motores.

Carrera Bolívar: vibración y calma

Vibración. De todas formas, Bolívar no es una carrera que sepa quedarse quieta. Desde que se le conocía como “Camino del Monte”, en los primeros años de la villa, fue una de las primeras en expandirse tanto hacia el norte como hacia el sur. Con el paso del tiempo, su cercanía con la estación del Ferrocarril de Antioquia, la Plaza de Cisneros, Guayaquil, las terminales de buses intermunicipales y el mercado El Pedrero marcarían su vocación comercial. “Cuando yo compré mi restaurante, a principios de la década de los ochenta, todavía muchos negocios trabajaban veinticuatro horas”, recuerda Nelson de Jesús Valencia, dueño del Restaurante Bolívar. Ahora, aunque sí duerma, esta vía no es menos activa. Basta con recorrerla: compraventas, cacharrerías, joyerías, negocios de todo a $300, todo a $500 o todo a $1000, panaderías, zapaterías, ropa cara o barata, regalos para fiestas, lo que sea, sin mencionar los vendedores ambulantes que están en cada cuadra ni los laberintos en los pasajes comerciales. Bolívar es hija de Guayaquil y hermana de El Hueco, zonas que en buen hiperbolismo paisa esperan convertirse en el centro comercial más grande de Colombia a cielo abierto. Para otros, Bolívar es la puerta del centro. Un centro por el que transitan al día alrededor de un millón trescientas mil personas y que tiene más de veintidós mil locales comerciales y trece mil vendedores ambulantes.

Calma. Por eso mismo, caen bien los respiros. La posibilidad de recorrer estas calles y descansar cada tanto en alguna de las plazoletas o en las bancas. Sentir la sombra, disfrutar el entorno. Acciones que, en Bolívar, se conectan con otras como la renovación y ampliación de andenes, la instalación de nuevo mobiliario urbano y la siembra de árboles en las calles Amador y Boyacá. En general, con todas las obras de renovación del centro, quizás la más grande apuesta de ciudad de esta alcaldía.

Vibración. Pero una cosa son los renders y otra la vida después de las obras terminadas. “¿Cuál va a hacer el plan de seguridad, cómo se van a reorganizar los venteros ambulantes, cómo será el sostenimiento de la obra?”, se pregunta Luis Fernando Sánchez Cadavid, director de Corbolívar, una de las organizaciones de comerciantes de la zona. “Carrera Bolívar: vibración y calmaEn fin, ¿cómo será la apropiación?”. Ahí está el reto. Uno de los problemas de los barrios construidos al calor del comercio es que, a diferencia de las zonas residenciales, son sitios de tránsito: la gente va, compra, vuelve a casa; el vendedor cierra en la noche; no hay casas, apenas hoteles; lo valioso es el progreso económico por encima de lo que haya que tumbar. Así se construyó –así se derrumbó– una parte de Medellín, en una relación utilitarista en la que el patrimonio cultural inmueble solía ser la prima anticuada a la que todos despreciaban. Por eso ahora, cuando comprendemos mejor la importancia de nuestro pasado, las agremiaciones que reúnen comerciantes de Bolívar –Asoguayaquil, Centrounido y Corbolívar–, de la mano de la administración municipal, la Empresa de Desarrollo Urbano (EDU) y la comunidad en general, trabajan no solo en el seguimiento ciudadano a las obras, sino en resaltar la memoria histórica de esta zona.

Calma. Porque la hay. Quiero decir: memoria histórica, patrimonio. Más allá de las historias de Guayaquil, con sus bohemios y putas, o la vida alrededor del ferrocarril; más allá de los recuerdos sobre bares y cafés que ya no están como El Ruso, El Dandy, El Galicia, o teatros como La Gallera, el Granada, el Medellín y el Villanueva, o emisoras como la Voz de Medellín, la Radio Nutibara o la Voz de la Independencia; o los cuentos de cacharreros que se sentaban en las aceras a chocar un plato contra otro para demostrar cuán fina era la losa; o toda esa tradición de vendedores venidos desde el Oriente antioqueño y que se asentaron aquí, construyeron linajes y se regaron por el país, en otra suerte de colonización antioqueña. Más allá de eso, de todas esas historias, digo, todavía se conservan en Bolívar referentes patrimoniales que nos cuentan la vida de esta ciudad. Como el Salón Málaga, con sus más de siete mil piezas musicales de 78 revoluciones por minuto; o como el edificio Henry, único en la cuadra que conserva su estructura original; o como el Palacio de la Cultura Rafael Uribe Uribe, tan polémico y costoso en su momento y tan particular ahora; o como el mismo Hotel Nutibara o el Museo de Antioquia, entre otros. No son muchos, pero es algo: una huella, un pedazo de lo que somos. Una muestra de belleza y armonía en medio de todo. Uno de los valores de estas obras de renovación está en eso: al ser una vía más para el peatón, poder reconocer el entorno. A ver si, entre tanta vibración y tanta calma, aprendemos a mirar en vez de andar corriendo.

Carrera Bolívar: vibración y calma

Carrera Bolívar: vibración y calma

Carrera Bolívar: vibración y calma


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