Canción de un barrio que trabaja

Las tres sobresalientes palmeras, que parecen asiladas allí, en medio de talleres de mecánica, chatarrerías, cafetines, sudores a granel, podrían ser, vistas desde el Metro, el símbolo del Barrio Triste. Pero no. Porque otro diría que, más bien, a ese sector de Medellín lo representa con mayor propiedad la iglesia gótica del Corazón de Jesús, con sus agujas que quieren perforar el cielo, y en sus adentros mármoles de Carrara y lámparas antiguas. El asunto, sin embargo, es más complejo.

Barrio Triste, o el Corazón de Jesús, es un conglomerado sui generis en una ciudad atravesada por innúmeros problemas y asombros, una ciudad de chatarreros y artistas, de gente civilizada y tipos bárbaros, de obreros y empresarios. El símbolo del barrio, de ese barrio particular habitado por trabajadores de diez mil oficios, es, precisamente, el sudor, o, de otro modo, el trabajo. Una extensa fracción urbana dedicada al trabajo. Un sitio que le rinde culto a la actividad, a la sobrevivencia cotidiana, con sus odas de overol y grasa, de radiadores y bisutería varia.

Sí, el símbolo de ese barrio de bombas y talleres, de aserríos y almacenes de repuestos, es el hombre laborante, el camelador sin descanso, el que está rindiéndole tributo a los afanes diarios, a la actividad febril (y fabril) de ganarse el pan con el sudor de todo el cuerpo.

Barrio Triste es como una canción de obreros, hecha a punto de martillazos y soldadura, de hierros retorcidos y aceites. Por sus calles se escuchará la música del trabajo, la que interpretan los chatarreros y los carretilleros, los oficinistas y las meseras, las señoras de los restaurantes y las voces de los chicos de la escuela. Claro, porque el barrio tiene una. Y tiene niños. Y maestras.

Y aunque su viejo nombre sea ese, la alegría allí es una constante. Es sino verla en las caras de los reparadores de motor, de los que engalanan carros, de los visitantes que van a buscar lo que no podrán encontrar en otra parte de la ciudad. Barrio Triste es insólito y sorpresivo. Cualquier día, en especial de diciembre, se aparece por esos lares una Orquesta Sinfónica, y cualquier otro es posible apreciar un partidazo de fútbol sobre el asfalto grasoso.

Barrio Triste o El Corazón de Jesús, con sus púlpitos marmóreos y sus olores a aserrín y aceite, desprende, en todo caso, el aroma del trabajo, el de los hombres y mujeres que, allí, siempre están rindiéndole honores a la vida.


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